Una vez más...

Sólo una vez más, permite que observe su caída en esta lánguida tarde de hastío. No me interrumpas ahora con tu absurda arrogancia de ser humano mal criado. No llores igual que un niño que enferma a voluntad y requiere mi absoluta atención de adulto atento y responsable. No pretendas apoderarte de mi mano con firme convicción, buscando un baluarte para tus quebradas emociones, tu endeble equilibrio, tu necesidad de otro. Que tus ojos no se colmen de excusas que una coraza de refutadas certezas tenga que repudiar. No justifiques tus actos, ni mis actos, ni los actos de aquellos a los que no pertenecemos. Permite que acaricie tu rostro para desterrar tus miserias, para alentar tu marcha, para que al fin pueda volver a permanecer solo, una vez más. Ahora estoy cansado para escuchar como el viento se aleja envuelto en tu bondad. No viajaré en este día de sol incesante, de lluvia de barro, de nieve y sueño eternos. No viajaré contigo, pero tampoco lo haré conmigo. No es mi sino, no es mi ambición, no es de mi incumbencia, mi necesidad, mi instinto, mi querer, mi voluntad.
Me quedaré en este rincón del mundo esperando a que el objeto toque el suelo. Luego aguardaré inmóvil durante cincos segundos exactos y, tras una inhalación profunda, alzaré la vista para guiarla entre los recovecos casi infinitos de su corteza. Recobrará su anatomía un joven carácter mientras el minucioso estudio gana altura. Alcanzarán mis ojos a observar una ciudad habitada por innumerables almas. Cada una en su posición, en un delicado equilibrio tan frágil como, sólo en apariencia, perenne. Esperaré paciente y observaré como el viento castiga el tallo, lo fuerza, lo estrangula y lo maltrata hasta lograr aquella rendición que sólo llega con la muerte. Entonces, y sólo entonces, podré observar como desciende, tenue, sutil, exánime, mientras danza, otro pequeño pedacito de mi corazón tibio y malhumorado. Sólo una vez más, permite que observe su caída en esta lánguida tarde de hastío.